viernes, 24 de febrero de 2012

Esos seres que fue Olga Orozco, por Silvina Friera






Un verso se escurre entre los dedos del presente: “Son los seres que fui los que me aguardan”. La hechicera asombra. La luz de su mirada, tan intensa y magnética, parece de otro mundo. Enmascarada en los pliegues de otras horas, la alquimista que nació en Toay, La Pampa, con el sol en Piscis y ascendente en Acuario, regresa bajo las encarnaciones de esos seres que fue: “la niña clara y cruel de la alegría”, “la niña de los sueños”, “la niña de la soledad”, “la niña de la pena”, “la niña del olvido”, “la niña eterna”, “la niña del espanto”, “las fugitivas niñas de la sombra”. Todas estas niñas y algo más, mucho más. Como la poesía, Olga Orozco es “un organismo vivo, rebelde, en permanente revolución”. En las mil y unas caras de Orozco, perduran memorables piezas periodísticas de su labor en la revista femenina Claudia, donde se probó el ropaje de ocho seudónimos. Así fue la desopilante Valeria Guzmán del consultorio sentimental con las lectoras; Martín Yanez para sus agudas críticas literarias, Sergio Medina para las notas sobre avances técnicos o sobre estrellas de Hollywood como Marilyn Monroe; Richard Reiner para los artículos esotéricos; Elena Prado o Carlota Ezcurra para crónicas de la vida social; Valentine Charpentier para escritos biográficos y de viajes, y hasta el desafortunado Jorge Videla para algunos textos sobre tango o temas considerados “masculinos”. Dos esperadísimos libros permiten explorar el mosaico orozquiano: su Poesía Completa (Adriana Hidalgo), edición cuidada por Ana Becciú con excepcional prólogo de Tamara Kamenszain; y Yo.Claudia (Ediciones en Danza), compilación de su obra periodística (1964-1974) en la revista homónima, con investigación y prólogo de Marisa Negri.

Copiosos frutos se despliegan de la mano de la hechicera. La Poesía Completa recoge los once poemarios que publicó Orozco; empieza con Desde lejos (1946), el primero, y para dicha de los lectores se incorpora a este inventario esencial un libro póstumo, reunido bajo el título Ultimos poemas, además de tres ensayos en los que expresa sus ideas sobre la literatura y la creación poética, y evoca su vida. Resulta imposible leer “Anotaciones para una autobiografía” sin esbozar, por momentos, una sonrisa. “Cuando chica era enana y era ciega en la oscuridad. Ansiaba ser sonámbula con cofia de puntillas, pero mi voluntad fue débil, como está señalado en la primera falange de mi pulgar, y desistí después de algunas caídas sin fondo. Desde muy pequeña me acosaron las gitanas, los emisarios de otros mundos que dejaban mensajes cifrados debajo de mi almohada, el basilisco, las fiebres persistentes y los ladrones de niños, que a veces llegaban sin haberse ido.” En el preciso instante en que se parpadea para saltar hacia la próxima línea, la poeta desecha el registro juguetón por una emoción contenida. “No tengo descendientes –se lee hacia el final–. Mi historia está tatuada en mis manos y en las manos con que otros me tatuaron. Mi heredad son algunas posesiones subterráneas que desembocan en las nubes. Circulo por ellas en berlina con algún abuelo enmascarado entre manadas de caballos blancos y paisajes giratorios como biombos. Algunas veces un tren atraviesa mi cuarto y debo levantarme a deshoras para dejarlo pasar. En la última ventanilla está mi madre y me arroja un ramito de nomeolvides.”
Olga se marchó presintiendo que no regresaría. Eso recuerda Ana Becciú. Antes de internarse en una clínica, en mayo de 1999, para someterse a una delicada intervención quirúrgica, la poeta dejó sobre su mesa de trabajo, en el cuartito más retirado de su departamento de la calle Arenales, que le servía de escritorio, dos carpetas caratuladas “A” y “B”, y siete hojas con poemas mecanografiados y rubricados, abrochadas en una cartulina en cuyo dorso, escrita de su puño y letra, había una lista de doce títulos de poemas. Esos poemas estaban bien a la vista, como inmensos retazos del porvenir. La carpeta “A” contenía todos los poemas de la lista en proceso de escritura. La carpeta “B”, en cambio, los agrupaba mecanografiados y firmados por ella, como dándolos por terminado. En la hoja que abría la carpeta “A” había escrito, a modo de título, Ultimos poemas (ver aparte). El mal presagio se cumplió cuando los ojos de Orozco se cerraron el domingo 15 de agosto de 1999. “Reunir una obra poética supone que un hilo invisible la fue encuadernando durante años y que sólo queda hacerlo evidente –postula Kamenszain en el prólogo–. Es el identikit de una voz que desde lejos nos convoca a actualizar todos los libros en uno nuevo.”
(...)

Como tantos otros escritores, Orozco ejerció el periodismo. En el prólogo de la obra periodística, Marisa Negri repasa esta faceta menos visible. Colaboró en diferentes diarios y revistas argentinos, barajando estilos de acuerdo con el medio y con los temas que abordaba. Pero fue en la revista femenina Claudia, un mensuario de más de cien páginas dirigido por Cesare Civita y publicado por editorial Abril, donde la poeta lanzó un puñado de sus mejores conjuros estilísticos. La revista, con un diseño gráfico de vanguardia, apuntaba a una lectora alejada del modelo “mujer ama de casa”. Por las páginas de esta revista desfilaron varias firmas notables: Raúl Gustavo Aguirre, Pedro Orgambide, Jorge D’Urbano y Miguel Brascó, entre otros. La prosa periodística de la poeta es aguda, ingeniosa; en momentos en que se pondera tanto la crónica, perfiles y artículos de facturas más elaboradas que los que surgen en el día a día de una redacción, se debería incorporar al canon de nombres que se repiten –muchas a veces hasta el hartazgo– el apellido Orozco. Hay un par de textos orozquianos para enmarcar, para asignarles un “cuadro de honor”, sobre Katherine Mansfield, Lord Byron, Madame Curie o las mujeres del Renacimiento. ¿Quién incrusta el presente como un tajo entre las proyecciones del pasado? Olga –como siempre y para siempre– rompe las ataduras con lo imposible.

jueves, 9 de febrero de 2012

Luis Alberto Spinetta en la mítica Expreso Imaginario



Todos amamos a Spinetta. Hemos crecido con sus canciones, con su genialidad, con la grandeza de su alma.
Hoy más que nunca hay que volver a escucharlo, a releerlo. Es por eso que desde Regale Poesía les queremos acercar sus entrevistas en la mítica Expreso Imaginario.
A partir de la idea original de Jorge Pistocchi en 1975, el Expreso Imaginario significó un núcleo de camaradería creativa y un refugio casi secreto en la época más sangrienta y dolorosa de la historia argentina.
Pipo Lernoud compiló en un cd-rom todas las tapas y sumarios de esta mítica revista desde el primer hasta el último número en una edición sin fines de lucro que nos acercó generosamente.
De allí tomamos los ejemplares dedicados a nuestro querido Luis Alberto Spinetta que se suman a nuestra biblioteca virtual

Porque cada vez que alguien lo recuerde estará entre nosotros.

http://issuu.com/regalepoesia/docs/nro_66_-_enero_1982#f92766ad-71a8-4929-9b87-2ec7d9f62c2b

miércoles, 1 de febrero de 2012

Mis milagros y baladas hebreas (Else Lasker-Schüler)

Dibujo de Else Lasker-Schüler








Reconciliación


Una gran estrella caerá en mi seno...
Vamos a velar durante la noche,


Rezaremos en los lenguajes
que están tallados como arpas.


Vamos a reconciliarnos durante la noche...
Todo sobreabunda Dios.


Niños son nuestros corazones,
Dulcemente cansados, querrían reposar.


Y nuestros labios quieren besarse,
¿Por qué vacilas?


No limita mi corazón con el tuyo...
Siempre tu sangre da color rojo a mis mejillas.


Vamos a reconciliarnos durante la noche,
Si nos acariciamos, no morimos.


Una gran estrella caerá en mi seno.




Ahora dormita mi alma


La tormenta ha talado sus troncos,
Oh, mi alma era un bosque.


¿Me has oído llorar?
Porque tus ojos están abiertos, asustados.
Astros esparcen noche
En mi sangre derramada.


Ahora dormita mi alma
vacilando en puntas de pies.


Oh, mi alma era un bosque;
palmeras daban sombra,
De las ramas colgaba el amor.
Consuela a mi alma mientras dormita.




Else Lasker-Schüler nació en Alemania y murió en Jerusalem (1869-1945). Estuvo estrechamente ligada con el expresionismo durante las primeras décadas del siglo XX y llegó a consagrarse como una de las voces líricas más grandes de la literatura alemana.




de "Mis milagros y baladas hebreas" Córdoba, Alción Editora, 2001

martes, 31 de enero de 2012

Oniromancia (Winnét de Rokha)






Sinfonía del instinto (frag.)


Enajenar un nudo de albas sobre la frente,
un turbante a detener la sombra
con la estridencia de sus medallas.

Licor de cicuta, campanas.
Estoy confusa, no me reconozco;
cuando salgo al encuentro de las amapolas,
ya la tiniebla me invade.

Sino fatal, reverenciado más allá del Otoño;
camino a tientas, sonámbula,
arco y triunfo desplumado sobre la carretera,
me lastimo los pies y la helada
salva la existencia de una rosa.

Ya vienes, enlutado y febril
haciéndote olvidar, presentando
el sello arcano
que el hombre graba a cincel
sobre sus espaldas.

Allá está el faro atravesado de águilas,
mis rodillas sangran
desde que la punta de mis ojos no me adivinan.

Corteza de árbol feliz
que da albergue a las luciérnagas,
esas que suben la montaña
y bajan al valle desde mi cerebro.

Ronda de pájaros y niños fosforescentes
cazando lunas y pétalos de canción fugaz.

Yo limito la carretera del dolor
y me enjugo las lágrimas del plenilunio, entre follajes
que cuentan cuentos de aparecidos y fantasmas,
y quienes nunca vi,
y a quienes, sin embargo, temo
tanto como a mí misma.

Duermo, sonrío, la esencia de mi ser se disgrega,
entre las uñas de mis dedos las ideas florecen
y se incrustan rectas y venenosas
en el corazón de la noche.

Menos mal que me invade una claridad sonora
y voy por los ríos, azotando piedras o cráneos
que son incienso en el altar del pecho.

Desnuda contra el horizonte:
agua, atmósfera, líquido, fragancia,
armonía de un instante
en que lo bello despliega todas sus velas
para recoger náufragos.


La aurora ciega


Me ha traído rosas en una bandeja de oro,
aquellas rosas de Enero que no serán jamás las hermosas rosas de Octubre
y que son rosas.

Yo he echado mis palabras a esa redoma de peces;
las he echado como quien echa arroz en agua blanda,
o flores a la espalda de los pantanos.

Y como son palabras semejantes a las palabras de antaño,
a las que en tropel primitivo y poderoso como adolescentes fieras,
cruzaron mi juventud.

Y como tengo miedo de desconocerme,
las arrojé debajo de las cabelleras del sol,
con locura, con miseria humana.



de Oniromancia 1era ed. 1943 / 2da ed Ed. Multitud / Chile 2011

martes, 24 de enero de 2012

Tiempo de cosecha

Desde diciembre estamos recopilando libros en pdf y word o en formato issuu, para integrarlos a nuestra Biblioteca Virtual que ya cuenta con 130 libros.


Raúl Zurita, Circe Maia, Pablo de Rokha, Delmira Agustini, César Vallejo, Vicente Huidobro, entre otros, conforman la sección de Poesía Latinoamericana.

A continuación publicamos un mini catálogo de los libros de poesía argentina que hemos reunido hasta ahora. La convocatoria sigue abierta para todos los que quieran sumar sus libros. Es una convocatoria que pretende acercar los volúmenes imposibles de hallar en las librerías. Entre ellos:

Arens, Germán: Antología
Boccanera, Jorge: Libro del errante
Boero, Patricia: Cuarto creciente
Cervero, Valeria: Madrecitas
Correa, Alejandra: El grito, Cuadernos de caligrafía, Donde olvido mi nombre.
Do Brito, Marisa: Madamas
Forchetti, Laura: Temprano en el aire
Freschi, Romina: EL-Pe-yo
Galarza, Javier: El silencio continente
Galimi, Gisela: Claroscuro y colorado, 
García, Griselda: Alucinaciones en la alfalfa, La ruta de las arañas
Garde, Isaías: Esquinas oscuras, Belgranotown
González Prandi, Alejo: El deshoje
Lerman, Julieta: París intramuros
Martínez, Leonardo: Rápido pasaje, Asuntos de familia, Antología (de familia)
Méndez, ALejandro: MEDLEY
Muschietti, Clara: Karateka
Negri, Marisa: Caballos de arena, Estuario.
Perna, María Cecilia: Vísperas
Valenzuela, Joaquín: Hostel


También recolectamos títulos de Juan Gelman, Oliverio Girondo, Jacobo Fijman, Alejandra Pizarnik y siguen las firmas...





jueves, 19 de enero de 2012

Oleaje de eternidades (Pablo de Rokha)


El sexo, el hambre, el vino y la justicia,
Winétt, enarbolaron las catedrales y los estandartes, y “Dios” es alcohol terrible,
los cantos son mando tronchado y libertad acumulada.

         Cuando te nombro, Luisa Anabalón, se remece la especie,
todos los muertos paran la oreja en lo infinito,
y del árbol del mundo caen lágrimas grandes, pálidas como truenos solos, y águilas sin cabeza,
familias horriblemente heridas por la divina cuchillada de lo bello tremendo,
porque tu  nombre es el amor vestido de abismo, el dolor trayendo un recuerdo de
  fabulosa heroína moribunda o pájaro oceánico, y la naturaleza y la materia
  echando flor ogaño.

Todos mis libros son un monumento
a tu belleza y a tus poemas, hechos con un pueblo eterno  y pan internacional, chileno,
              piedras de sangre, tierras
donde tú eras muchos lagares juntos y una gran sandía de oro.

A la manera de un navío, un pétalo o un átomo inexorable,
lo  irreparable acuna tu figura azul,
y estás  sonando siglo abajo como una gran leona estructurada en un grano de música,
¡oh! verano desenganchado, linda niña mía,
¿qué gigante huracán azota la historia, que te escucho sollozar en las tinieblas como una guitarra atronadora?...

Siendo un sueño maravilloso de las estrellas copretéritas,
te ceñiste a mi corazón; rodaron los peñascos del espanto como cavando sol,
                    asesinándote;
solo como lobo en despoblado, voy acariciando tu recuerdo.

Desde las médulas de la época, quemado y furioso de inmortalidad,
te aúllo como un mar de acero que se incendia,
descerrajando el límite de la materia, tronchando los años, bramando, y tropìezo
como un ataúd de león, con mi bastón de varón acongojado
que te arrulla con rugidos, y con el gran imperio colonial de la literatura,
edificado por debajo de la conciencia,
con guiñapos de fantasmas, con andrajos de desgracias, con pedazos de palancas rotas y sangre de serpientes.

El cinturón de fuego del destino me aprieta los riñones, me patea
sin compasión la vida, y yo respondo dando la batalla contra la batalla, como quien
defiende a una paloma encadenada,
cuando lo único que poseo eres tú, y no existes.

Pablo de Rokha en “Acero de invierno” 1961

2da ed. Ed. Multitud . Sgo de Chile 2011



lunes, 16 de enero de 2012

El orden visible (Carlos de Rokha)







Carlos de Rokha nació en Valparaíso en 1920 y murió en 1962. Hijo mayor de Pablo y Winnet de Rokha, fue parte de la generación literaria de 1938 y colaboró con el grupo Mandrágora, fundado por Teófilo Cid, Enrique Gómez Correa y Braulio Arenas.
Su obra, de fuerte impronta surrealista, ha circulado escasamente a pesar de haber sido galardonada en varias ocasiones.
La Editorial Multitud de la familia De Rokha, acaba de publicar El orden visible que recoge su obra entre 1945 y 1950.
De allí tomamos estos poemas.












Memorial y llaves


 ¡Dadme un sueño de ojos abiertos,
un muro donde caer arrodillado!


Mi sangre está llena de islas,
mis párpados de anunciaciones y agonías.
¡Pero en mi corazón no cabe un dolor más!


Mi piel está llagada por dentro.
Me han cercado los fantasmas del terror y del sueño.
¡Ay, crueles vigías, liberadme
y tú, río del amor, dóname ya la pura
quietud de tus anillos!
¡A mí, que nada poseo
sino las mortajas que nos deja el sueño
los silicios del hambre y del asombro!


Pues atravesé la noche en busca de otros mundos.
Y no encontré nada sino bestias degolladas ensangrentando los caminos.
Nada sino pájaros heridos en los mudos tejados
y niños que morían sin alcanzar el velero de sus sueños,
apostados frente a tierras baldías que desde los pies los devoraban.
Y contra ellos lanzaban los lobos del silencio
y los puñales del abismo que una mano invisible blandía.
Cada vez que sus cantos llenaban la mañana
con corales de júbilo y espera.


¡Ven, dulce muerte de ropaje benigno y ardientes instrumentos!
Porque no encontré nada sino a Ti
en la víspera de cada viaje.
Y en el error de todo tumulto.


Tú llenabas el paisaje de la sierra y las vastas columnas de los ríos.
¡Tú, gran liberadora, y tu ojo de piedra clavado en las ventanas!
¡Ven! quiero que veas a tu huésped desnudo de recursos.
Voy a tender hacia ti las mismas manos que tu santa ceniza recibieron.


Voy a darte mi sed y mi agonía
y los libros de mi redención y mi locura
y las palabras con que nombré tu reino para alcanzar los límites
que el hombre siempre anhela sin lograr sus esencias.
¡Ven, leve viajera y quédate
en tu ligero corcel de plata volando en mis jardines!
Voy a darte mi vida a cambio de los sellos que me cubran el alma.
Y del postrer licor que me moje los labios.
Voy a darte este cuerpo y estos huesos
que hondas hachas hirieron negándome el reposo.




Sonatina


Sí, yo os lo decía: doradas cañas
han de incendiar el alba
y un niño de ojos muertos
dialogará con el río´


¿Veremos, veremos esa llama
lavándose en la piedra
y el sonoro gallo del leve mediodía
bailar en torno a ella?


¡Ah, el gallo de alas de níquel
y la llama, que es rubia manzanera
decorando la hierba con un rubí de sangre